Hace un par de días, con los ojos cansados de tanta pantalla del ordenador y de hacer tanto test de conducir decidí salir a dar un paseo. Necesitaba algo de aire y, en parte, evadirme un poco, tras unos cuantos días de secuestro en casa. El recorrido fue por algunas de las calles de cerca de donde vivo. Eran en torno a las 22 horas, por lo que ya casi era de noche. Las calles, a pesar del calor, estaban muy vacías: uno de los síntomas de estas fechas del año en esta zona del eixample barcelonés, muy descafeinado en esta época. Pero lo cierto es que esa sensación de soledad, de ciudad vacía, era la que estaba buscando, en una especie de conexión interior, en la que a medida que iba caminando me iba dando cuenta de que el recorrido coincidía con muchos recuerdos de mi pasado reciente: de diferentes etapas, de diferentes experiencias terminadas. Experiencias de las que algunas me arrepiento en parte, que no repetiría, aunque en parte creo que sirven para madurar y que, porque son parte de mi vida, me han ayudado a hacer de mí quien soy. También de otras que alguna vez he llegado a echar de menos, por los buenos momentos que viví. Son una combinación de recuerdos de etapas cerradas, pasadas, que nunca volverán, de experiencias buenas y malas y que, pese a todo, han hecho que guarde un buen recuerdo de todo ese pasado, por haberlas asumido como parte de mí.




















